Tuve el honor de compartir por un semestre mis primeros trabajos de escritura con el grupo de SOGEM PUEBLA el año pasado.
En el grupo encontré a personas maravillosas, grandes amistades, grandes escritores en potencia, poetas consumados, y cuentistas.
Tuve además, la oportunidad de conocer a dos que tres profesores que me ayudaron a tener una visión más clara de lo que NO debía hacer si deseo ser escritora, y a otros y otras que me dieron grandes lecciones de vida.
Hace un rato, hicimos un cadáver exquisito entre todas y todos los integrantes, también dejo el enlace para que le echen un ojo… :P
viernes, 23 de julio de 2010
Cuando el silencio apremia
Escribo por la necesidad de excomulgar a las buenas costumbres que habitan en mí. Permito entonces, que los demonios disfrazados de mujer, encubriendo culturas masculinas- milenarias, me besen, me toquen, me laman y me lleven al extásis de creer que algo importante he dicho. Todo lo contrario. No he dejado de decir sandeces desde hace un rato ya. ¿quién no?
Apenas un leve voto de silencio que me ha durado una semana, para poder regresar a las raíces, sean las que estas sean, y es que, ¿acaso no es verdad que de nada sirven las palabras cuando se pretenden ser leídas para otras y otros? Tengo la necesidad de escribir para mí misma, porque aún no sé quién soy.
Silenciaré mis grandes deseos de opinar por opinar, de decir por decir, de pregonar por pregonar, sin embargo, no firmaré nada, ni me comprometeré ante notarios públicos. Ya vendrá el post, la columna, el poema, o el cuento que me desmientan y se rían de mí por la vulnerabilidad, la egocéntrica humildad, y el desparpajo de seguir aventurándome a arrinconar la mente en el muro de lamentos que a nadie le importan, porque, finalmente, ¿Qué importan mis angustias, mis penas, mis fracasos ante una realidad que me avallasa y me deprime? ¡Qué círculo tan vicioso… que manera de perder mis segundos, que contradictoria, que falaz!
Busco que el silencio apremie, pero las buenas costumbres me acechan y necesito exorcizarlas.
Apenas un leve voto de silencio que me ha durado una semana, para poder regresar a las raíces, sean las que estas sean, y es que, ¿acaso no es verdad que de nada sirven las palabras cuando se pretenden ser leídas para otras y otros? Tengo la necesidad de escribir para mí misma, porque aún no sé quién soy.
Silenciaré mis grandes deseos de opinar por opinar, de decir por decir, de pregonar por pregonar, sin embargo, no firmaré nada, ni me comprometeré ante notarios públicos. Ya vendrá el post, la columna, el poema, o el cuento que me desmientan y se rían de mí por la vulnerabilidad, la egocéntrica humildad, y el desparpajo de seguir aventurándome a arrinconar la mente en el muro de lamentos que a nadie le importan, porque, finalmente, ¿Qué importan mis angustias, mis penas, mis fracasos ante una realidad que me avallasa y me deprime? ¡Qué círculo tan vicioso… que manera de perder mis segundos, que contradictoria, que falaz!
Busco que el silencio apremie, pero las buenas costumbres me acechan y necesito exorcizarlas.
martes, 11 de mayo de 2010
Ciega de ti
Te busco,
en cada rincón de archivos PDF,
en disquetes viejos de 3.5,
en archivos semi borrados de mi memoria.
A veces,
tengo la necesidad de verte,
aunque esté ciega de ti.
Intento reencontrarte
en las palabras religiosas,
los proyectos ecológicos,
los desvaríos políticos.
Tu racionalidad espiritual siempre me ha hecho daño.
Pero así eres,
Así te conocí
y así decidí entregarte mi vida.
Es cierto,
mientras te la doy,
te la he quitado a cada instante.
Primero,
aquel novio primerizo,
después,
ese que embriagaba juventudes,
luego,
una lista insabora
que ahora mismo no recuerdo.
Me daba a ti,
te entregaba los sueños húmedos,
las caricias adolescentes,
los primeros orgasmos.
Tú,
leías mentiras,
dabas consejos de “mejor amigo”
y comenzabas a vivir la vida misma.
Pero me daba,
quizá nunca te lo dije,
y ahora ni siquiera valga la pena escribirlo.
Era tuya,
siempre tuya.
Ahora,
te esfumas entre las sombras de un recuerdo
que se perfila en una historia inventada
por las soledades,
las heridas,
o la inmensa imaginación
que a veces me atormenta.
Sé de tus labios besándola a ella,
sé de tu pasividad,
por eso te busco,
por la necesidad de dibujar
fantasías latinoamericanas.
Aunque quizá no sea cierto,
Sigo ciega de ti
Y tal vez abra los ojos
y vea a un don nadie,
con cabello rizado,
ojeras marcadas,
piel blanca y curtida,
y la sonrisa enternecida
por la nobleza de tu alma.
A lo mejor
y encuentro que tu aroma huele a sur,
que tu voz es ruda,
que tu rutina me empalaga.
Pero estoy ciega,
y ciega te busco a tientas,
entre una pantalla
y la nada.
en cada rincón de archivos PDF,
en disquetes viejos de 3.5,
en archivos semi borrados de mi memoria.
A veces,
tengo la necesidad de verte,
aunque esté ciega de ti.
Intento reencontrarte
en las palabras religiosas,
los proyectos ecológicos,
los desvaríos políticos.
Tu racionalidad espiritual siempre me ha hecho daño.
Pero así eres,
Así te conocí
y así decidí entregarte mi vida.
Es cierto,
mientras te la doy,
te la he quitado a cada instante.
Primero,
aquel novio primerizo,
después,
ese que embriagaba juventudes,
luego,
una lista insabora
que ahora mismo no recuerdo.
Me daba a ti,
te entregaba los sueños húmedos,
las caricias adolescentes,
los primeros orgasmos.
Tú,
leías mentiras,
dabas consejos de “mejor amigo”
y comenzabas a vivir la vida misma.
Pero me daba,
quizá nunca te lo dije,
y ahora ni siquiera valga la pena escribirlo.
Era tuya,
siempre tuya.
Ahora,
te esfumas entre las sombras de un recuerdo
que se perfila en una historia inventada
por las soledades,
las heridas,
o la inmensa imaginación
que a veces me atormenta.
Sé de tus labios besándola a ella,
sé de tu pasividad,
por eso te busco,
por la necesidad de dibujar
fantasías latinoamericanas.
Aunque quizá no sea cierto,
Sigo ciega de ti
Y tal vez abra los ojos
y vea a un don nadie,
con cabello rizado,
ojeras marcadas,
piel blanca y curtida,
y la sonrisa enternecida
por la nobleza de tu alma.
A lo mejor
y encuentro que tu aroma huele a sur,
que tu voz es ruda,
que tu rutina me empalaga.
Pero estoy ciega,
y ciega te busco a tientas,
entre una pantalla
y la nada.
jueves, 8 de abril de 2010
El dolor sabe a sal
A veces me provoco las nauseas, la mejor manera y la más efectiva es sin duda, oler mi excremento. Lo hago seguido, me siento en el retrete, miro a la pared de enfrente y mientras defeco, me concentro en el olor que emana de mi ano. Es realmente asqueroso, por ende, mientras más lo huelo me doy cuenta de que todo lo que puede salir de mí es oloroso, putrefacto e inservible. Y entonces, vomito, vomito ácidos gástricos, -pues es evidente que la comida salió por otro lado- y me lastimo el pecho mientras me recargo en el mismo retrete donde mi caca y mis líquidos gastrointestinales me enseñan mi esencia. Eso es lo que soy, lo demás es parafernalia que hemos venido adquiriendo sin siquiera pedirlo. ¿Acaso no es cierto? Ni siquiera pedí ser mujer, ni crecer en la familia donde nací, nada de las cosas que realmente me importan han sido mi decisión, y claro, mis decisiones se limitan a las circunstancias de una sociedad de la que tampoco estoy conforme, aunque para ser honesta tampoco es que vaya en su contra, es inútil, no voy a morir de pie, porque nadie lo hace, todos caemos, nuestro cuerpo se rige por las leyes de la gravedad y nuestra mente es una cosa sobrevalorada justamente porque nadie la entiende, es como los escritores que nadie comprende, o los pintores que causan repulsión, se les sobrevalora, se les erige un culto y entonces, nadie pregunta nada más, da por hecho que sirven para algo. Así es la mente, y pueden refutarme, el problema es que no tenemos los argumentos necesarios. Sería, sin duda, una conversación ociosa. Si la acompañamos con un poco de mariguana quizá sería mejor. Pero no puedo fumar mariguana, he dejado de ser una niña a la que los jóvenes le venden un poco de hierba para ligársela. Mi cuerpo no miente, mi edad se nota en mi piel, en mis ojos, en mis huesos. Por más que deseemos ocultar nuestra existencia, ahí está, aunque huyas de todos los espejos del mundo.
A veces también lloro, siento como mi boca se desfigura en un acto mecánico del que no soy dueña, y mi pecho se hunde y se hincha porque mis pulmones piden oxigeno mientras de mi nariz, sale un moco transparente que se resbala entre mis labios. Lagrimas y mocos se entrecruzan en mis labios y la sal de mi propio cuerpo se impregna dentro de mí. Soy egoísta, prefiero beberme, lamerme o chuparme a dejar que mi dolor no sepa a nada. El dolor sabe a sal.
Cotidianamente me enojo. Cualquier cosa es buena: descabezados, malos orgasmos, mi pareja durmiendo mientras veo televisión a las tres de la mañana, el perro del vecino, las putas mujeres operadas que se atreven a exhibir sus inseguridades y son capaces de hacerme sentir gorda, chaparra y fea, cuando debería de estar riéndome de ellas, los productos de venta por televisión que me asombran por el simple hecho de que alguien se atreve a venderlos, mi madre y sus problemas psiquiátricos, mi padre y su machismo pisoteado y su mediocridad mezquina, mi hermano y su mujer escenificando cada capítulo de series televisivas, mis sueños infantiles y la terrible flojera de realizarlos porque sé que no servirán de nada, que no ayudarán en nada y que no se convertirán en nada, porque nada son y la nada no existe. Todo es posible, cualquier cosa puede hacer que de pronto un calor se apodere de mi estómago y me haga vociferar todo el resentimiento que tengo hacia mí misma y que maquillo de errores en los demás. Soy buena en ello, suelo tener la habilidad de decir crueldades y de echarle la culpa a los demás de mis malas decisiones, porque vaya, he de confesarlo, no tomo decisiones y cuando lo hago, las tomo mal. Y no es que sea pendeja, es que soy humana, y me la paso peleándome con la vida, porque cada segundo, cada minuto y hora del día me dice que se está yendo, que cada día falta menos, que mi existencia está contada y que por más que escriba letras, emita sonidos, me mueva todos los días como un ser humano normal para olvidarme de mi sentencia, ahí está, extinguiéndose en el eterno ciclo de la vida, al cual no le importo de más, porque a veces lloro, defeco, vomito y me enojo, como todos los demás.
A veces también lloro, siento como mi boca se desfigura en un acto mecánico del que no soy dueña, y mi pecho se hunde y se hincha porque mis pulmones piden oxigeno mientras de mi nariz, sale un moco transparente que se resbala entre mis labios. Lagrimas y mocos se entrecruzan en mis labios y la sal de mi propio cuerpo se impregna dentro de mí. Soy egoísta, prefiero beberme, lamerme o chuparme a dejar que mi dolor no sepa a nada. El dolor sabe a sal.
Cotidianamente me enojo. Cualquier cosa es buena: descabezados, malos orgasmos, mi pareja durmiendo mientras veo televisión a las tres de la mañana, el perro del vecino, las putas mujeres operadas que se atreven a exhibir sus inseguridades y son capaces de hacerme sentir gorda, chaparra y fea, cuando debería de estar riéndome de ellas, los productos de venta por televisión que me asombran por el simple hecho de que alguien se atreve a venderlos, mi madre y sus problemas psiquiátricos, mi padre y su machismo pisoteado y su mediocridad mezquina, mi hermano y su mujer escenificando cada capítulo de series televisivas, mis sueños infantiles y la terrible flojera de realizarlos porque sé que no servirán de nada, que no ayudarán en nada y que no se convertirán en nada, porque nada son y la nada no existe. Todo es posible, cualquier cosa puede hacer que de pronto un calor se apodere de mi estómago y me haga vociferar todo el resentimiento que tengo hacia mí misma y que maquillo de errores en los demás. Soy buena en ello, suelo tener la habilidad de decir crueldades y de echarle la culpa a los demás de mis malas decisiones, porque vaya, he de confesarlo, no tomo decisiones y cuando lo hago, las tomo mal. Y no es que sea pendeja, es que soy humana, y me la paso peleándome con la vida, porque cada segundo, cada minuto y hora del día me dice que se está yendo, que cada día falta menos, que mi existencia está contada y que por más que escriba letras, emita sonidos, me mueva todos los días como un ser humano normal para olvidarme de mi sentencia, ahí está, extinguiéndose en el eterno ciclo de la vida, al cual no le importo de más, porque a veces lloro, defeco, vomito y me enojo, como todos los demás.
jueves, 11 de marzo de 2010
Quisiera volver a nacer
Quisiera decir algo pero cuando pienso que tengo una idea nueva, descubro que ya todos lo han dicho y soy el eco de la mujer muerta que se creyó original. A veces, quisiera ser ella, o aquella pero siempre término siendo yo; es como la condena de quien no hace huelga de hambre porque sabe que se lo merece todo y que quebrantaría mil veces la ley para llegar al lugar de donde quiere escapar. Soy contradictoria, ¿Quién no?
Quisiera romper el silencio y escupir en muchas caras todas las mentiras que mi mente considera verdades inquebrantables, pero soy cobarde, tan cobarde que me refugio en las letras y exorcizo los demonios que debieron de haberse ido en la niñez. De nuevo, soy la eterna repetición de la inconformidad, nada nuevo.
Quisiera salir corriendo y romperte la ropa, comerte los labios, la piel, el pene, el cabello y digerirte hasta hacerte mío y deshacer toda tu individualidad. Me doy asco pero es cierto, además, el asco a veces me es excitante.
Quisiera quedarme quieta, ser un vegetal y ser partida en mil pedazos para ser cocinada en tus alimentos, pasar por tu garganta y desgarrarla hasta dejarte mudo, perforar tu estómago y generarte diarrea… ser expulsada de ti como lo que soy, como lo que fui o lo que seré. Me iré junto a la mierda.
Quisiera dejar de querer lo que sea, y comenzar a vivir una vida, no la tuya, ni la mía. Una vida verdadera, donde los deseos se vuelven promesas y las promesas utopías, y avanzar por el universo hasta llegar a la nada, siempre a la nada.
Quisiera estar muerta y reconocerte allá arriba, o abajo, o en medio… ser todo y ser absoluta para después entrar en el remolino de un espermatozoide que lucha por sobrevivir en el huevo pegajoso de la vida, y volver a nacer.
Quisiera romper el silencio y escupir en muchas caras todas las mentiras que mi mente considera verdades inquebrantables, pero soy cobarde, tan cobarde que me refugio en las letras y exorcizo los demonios que debieron de haberse ido en la niñez. De nuevo, soy la eterna repetición de la inconformidad, nada nuevo.
Quisiera salir corriendo y romperte la ropa, comerte los labios, la piel, el pene, el cabello y digerirte hasta hacerte mío y deshacer toda tu individualidad. Me doy asco pero es cierto, además, el asco a veces me es excitante.
Quisiera quedarme quieta, ser un vegetal y ser partida en mil pedazos para ser cocinada en tus alimentos, pasar por tu garganta y desgarrarla hasta dejarte mudo, perforar tu estómago y generarte diarrea… ser expulsada de ti como lo que soy, como lo que fui o lo que seré. Me iré junto a la mierda.
Quisiera dejar de querer lo que sea, y comenzar a vivir una vida, no la tuya, ni la mía. Una vida verdadera, donde los deseos se vuelven promesas y las promesas utopías, y avanzar por el universo hasta llegar a la nada, siempre a la nada.
Quisiera estar muerta y reconocerte allá arriba, o abajo, o en medio… ser todo y ser absoluta para después entrar en el remolino de un espermatozoide que lucha por sobrevivir en el huevo pegajoso de la vida, y volver a nacer.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Incógnita número dos
Te beso y tu sabor me parece conocido, como si no fuera la primera vez. Te atraigo hacia mí, y encimo tu cuerpo sobre el mío, quiero sentirte por completo. No quiero, sí quiero, no quiero, y mientras tanto, te beso con la pasión del alcohol en la sangre y las ganas de experimentarte justo ahora, donde el tiempo se suspende y me vuelvo yo.
Tus manos aprisionan mi cuerpo mientras las mías te despojan de tu camisa, tú, te dejas llevar, como si de mí dependiera todo, como si fueras Pilatos en pleno siglo XXI en el microcosmos de la culpa ausente y el deseo desbordado. Sin embargo, no es cierto, tú llevas el ritmo, me recuestas, me tocas los senos, me quitas la blusa y devoras mi cuerpo con la sabiduría de que el tiempo apremia y el ensueño es relativo. El calor me invade, intento quitarte el cinturón mientras tú sigues besándome. Sabes a mí, a ti, a lo desconocido que se torna atemporal pero certero.
Cierro los ojos porque la sensatez quiere emerger, pero tú no la dejas, vuelves a atacar con los movimientos precisos, con el beso profundo, con la caricia perfecta: eres la mezcla de la ternura y la pasión de quien ha vivido más que yo. Se te nota a leguas. Tus manos son imanes que se pegan a mi piel y se adhieren a mis caderas que ya quieren tenerte cerca. Entras con facilidad, y puedo sentir como me llenas por dentro…. Pierdo la conciencia, y con la levedad que se necesita, imprimes tu nombre en mi vientre. Despierto y tu abrazo dulcifica la despedida. Te guardo en la memoria.
Tus manos aprisionan mi cuerpo mientras las mías te despojan de tu camisa, tú, te dejas llevar, como si de mí dependiera todo, como si fueras Pilatos en pleno siglo XXI en el microcosmos de la culpa ausente y el deseo desbordado. Sin embargo, no es cierto, tú llevas el ritmo, me recuestas, me tocas los senos, me quitas la blusa y devoras mi cuerpo con la sabiduría de que el tiempo apremia y el ensueño es relativo. El calor me invade, intento quitarte el cinturón mientras tú sigues besándome. Sabes a mí, a ti, a lo desconocido que se torna atemporal pero certero.
Cierro los ojos porque la sensatez quiere emerger, pero tú no la dejas, vuelves a atacar con los movimientos precisos, con el beso profundo, con la caricia perfecta: eres la mezcla de la ternura y la pasión de quien ha vivido más que yo. Se te nota a leguas. Tus manos son imanes que se pegan a mi piel y se adhieren a mis caderas que ya quieren tenerte cerca. Entras con facilidad, y puedo sentir como me llenas por dentro…. Pierdo la conciencia, y con la levedad que se necesita, imprimes tu nombre en mi vientre. Despierto y tu abrazo dulcifica la despedida. Te guardo en la memoria.
Antisocial
Te miran pero actúan como si no estuvieras ahí. Caminan, avanzan delante tuyo y a veces hasta te traen en su boca, aunque solo seas un número más, del turno de la tarde, de la mañana, o de la noche. Poco les importa tu vida, pronto te olvidaran si sales de ésta y si no, serás tema de conversación dependiendo tu partida. No te creas que pensarán en ti tanto, una o dos veces, porque siempre llegara aquel o aquella que haga algo más impactante que lo que haces ahora tú. Porque en realidad ¿Qué haces? Miras al techo, y piensas en todo: tu hija, él… aquel, hasta tu madre aparece, -siempre tu madre, como ancla del pasado que no te deja respirar con la libertad que anhelas- sientes la aguja que cruza tu piel y suministra el suero que entre tu paranoia parece inyectarte grandes dosis de ansiedad y veneno alópata que tanto odias.
Detestas los hospitales, te recuerdan a ese que te robaba el sueño y la tranquilidad, las horas de angustia, de espera, de un tiempo suspendido entre el dolor y la felicidad, entre la víctima y la heroína que aplastaban cada que deseabas pensar por cuenta propia. Hoy es diferente, te lo sabes, y lo recuerdas para que las horas, -apenas dos o tres a lo mucho- te sean más leves, menos densas y tratas de concentrarte en ella, en él, aquel, lo que sea.
Te culpas, aunque no sabes a ciencia cierta porque, no quieres hacerlo, ¿Para qué? Sin embargo lo haces: no tomaste las medidas necesarias, no desayunaste todos los días, ni comiste a tus horas, muchas veces se te olvidaba cenar, te has ido sin avisar, lo miras cuando se va y sabes que ya están lejos, que solo falta tiempo, que esperan el temblor, o el derumbe… da lo mismo, quizá nada, porque probablemente se te pare el corazón antes de tiempo, o se te acelere y un día te vayas con ella sin avisar a donde. Lo deseas para tus adentros, aunque tus pies siguen caminando con plomo y no hay tiempo para soñar, no ahora, quizá después, cuando el cuerpo lo domines, y la mente pueda sentirse libre, de él, de aquel, de ella… de ti. Siempre has sido tu enemiga, lo sabes bien.
Te llevan a casa, apagas el celular, -siempre precavida- y te duermes a su lado, te despides de ella con ternura y cierras los ojos para no pensar. Aún te duele el brazo, porque no te nombran, no les interesas pero te dejan una marca en la piel que mañana desaparecerá mientras tú caminas por inercia por los ritos sociales a los que rehúyes porque ya no se te antoja ser tan social, aunque de ello dependa parte de tu vida.
Detestas los hospitales, te recuerdan a ese que te robaba el sueño y la tranquilidad, las horas de angustia, de espera, de un tiempo suspendido entre el dolor y la felicidad, entre la víctima y la heroína que aplastaban cada que deseabas pensar por cuenta propia. Hoy es diferente, te lo sabes, y lo recuerdas para que las horas, -apenas dos o tres a lo mucho- te sean más leves, menos densas y tratas de concentrarte en ella, en él, aquel, lo que sea.
Te culpas, aunque no sabes a ciencia cierta porque, no quieres hacerlo, ¿Para qué? Sin embargo lo haces: no tomaste las medidas necesarias, no desayunaste todos los días, ni comiste a tus horas, muchas veces se te olvidaba cenar, te has ido sin avisar, lo miras cuando se va y sabes que ya están lejos, que solo falta tiempo, que esperan el temblor, o el derumbe… da lo mismo, quizá nada, porque probablemente se te pare el corazón antes de tiempo, o se te acelere y un día te vayas con ella sin avisar a donde. Lo deseas para tus adentros, aunque tus pies siguen caminando con plomo y no hay tiempo para soñar, no ahora, quizá después, cuando el cuerpo lo domines, y la mente pueda sentirse libre, de él, de aquel, de ella… de ti. Siempre has sido tu enemiga, lo sabes bien.
Te llevan a casa, apagas el celular, -siempre precavida- y te duermes a su lado, te despides de ella con ternura y cierras los ojos para no pensar. Aún te duele el brazo, porque no te nombran, no les interesas pero te dejan una marca en la piel que mañana desaparecerá mientras tú caminas por inercia por los ritos sociales a los que rehúyes porque ya no se te antoja ser tan social, aunque de ello dependa parte de tu vida.
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