miércoles, 25 de noviembre de 2009

Certeza número uno

Te miro y no puedo dejar de mirarme en tí.

Te he cambiado el corte de cabello, la forma de vestir, tu dieta y la comida orgánica y macrobiótica son tus platillos predilectos. Has dejado la ropa de marca, y de vez en cuando, te ocultas en el jardín a fumarte un puro. Te pruebo y desapruebo tu osadía. Te sientes vencido.

Te escucho y reconozco en tí las revistas que dejo en el estudio, los libros que crítico y las películas que me aburren. Poco hablas, porque con alguien como yo, mucho oyes, mucho aguantas, y poco entiendes. Pero poco te importa, porque entonces, te encimas a mi cuerpo, me buscas, me besas, me penetras, y a tu manera, -nuestra manera- me amas. Eso dices.

No te reconozco, cada vez sé menos de tí.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Incógnita número uno

Te pregunto si tienes algún tatuaje. Sonríes y me dices que lo tengo que descubrir yo. La verdad no quiero, acercarme a tu cuerpo significa perderme en él. Entonces, te pregunto sobre los libros mal acomodados, la música que sale al aire de tu computadora, y hasta del frío que me hace titiritar.

Me incomoda de buena manera tu mirada, de vez en cuando la evado, no sé qué hacer porque además no quiero hacer nada aunque nuestros cuerpos estén cada vez más cerca. Busco la coherencia mental ante tu sonrisa que me deshace y sin dudarlo me acerco a tu boca con la sensación de estar vencida y empoderada. Lo demás, es historia. Historia que no sé si me dejara marcada con un tatuaje que lleve tu nombre.

La inspiración

Hace unos días leí que Joaquín Sabina había declarado a la prensa española que como estaba inmensamente feliz, se le había ido la inspiración (o algo por el estilo) y yo pensaba en que, seguro yo era muy afortunada, porque aunque me sentía feliz estaba siendo productiva en la SOGEM, vaya, nada para publicar pero, si que hace trabajar la mente.

He estado inmersa los últimos meses en diversos cambios a los que no estoy acostumbrada: el cambio de ciudad, el cambio de actitud hacia mi madre, el cambio de actitud hacia las relaciones amistosas, el enclaustramiento entre las letras, los libros y el entusiasmo en ser buena alumna. También comencé a creer que la rutina que él y yo estábamos replanteando era buena, vaya, no es fácil convivir las 24 horas con alguien y con él era demasiado fácil, fluido y bastante cómodo. De repente sentí que estaba siendo codependiente y no me gustó. Quizá fue eso. Aunque no lo sé de cierto. Busqué mirar otras cosas donde pudiera vivir sin él.

Entonces, la debacle vino… comenzaron a olvidárseme las cosas, dejó de entusiasmarme el jugar a la casita, me recluí entre la pantalla y la apatía y aunque físicamente estaba presente, mi mente estaba lejos. Las emociones emergieron abruptamente.

Yo no sé si la inspiración haya regresado a mí, lo que sí tengo seguro es que, todo el tiempo estoy pensando cosas, escribiendo viñetas mentales, imaginando espacios y lugares, frases y abrazos, momentos y canciones, poemas y tristezas. Todo en mi mente. Mientras tanto, la vida se me pasa, la voz de mi hija de repente me llama y ante todos, me consuelo diciendo que es porque él está lejos. Mañana regresa, y entonces, aunque no queramos, regresaremos a un estado en el que nos veremos poco, nos hablaremos mucho, nos diremos proyectos y planes y yo no sé si podré estar aquí con él con la entereza que se requiere, porque he dejado de ser feliz y me ha llegado la inspiración.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Estoy desorientada

Ni siquiera la llamada a la una de la mañana a Tania me lo impidió. Entré en un estado de inconsciencia del que no puedo librarme. No sé con exactitud que me pasa, es como si todo me importara menos o como si me importara de más, pero debo de ser más clara: como si hubiera vivido en un atolondramiento de emociones y ahora, como si hubiese sido yo una olla express las emociones salen disparadas, los actos se vuelven revolucionarios y me dejan a mí deshecha.

Le llamé a Tania porque la conozco desde los 7 años, porque su frase preferida para dirigirse a mí era: “No sales de una cuando ya entras en otra” y porque necesitaba que me recordara que todo estaba bien. Lo hizo, muy a su manera, de pronto mis preocupaciones aquella noche eran menores y la conciencia, la moral, el “deber ser” se apoderaron de mí. Me dormí más tranquila.

Pero, como si un motor interno tuviera descompuesto el freno de mano, me he dejado ir, como se dice literalmente, de boca. ¿A dónde voy y por qué me dirijo en esa dirección? No lo sé. ¿Por qué lo hago ahora y no en otras circunstancias? Tampoco lo sé. Es como si hubiera probado una droga y me estuviera volviendo viciosa. Este estado de inconsciencia donde el tiempo pasa sin que me de cuenta y se hace más denso entre mis pensamientos, me esta volviendo loca. Estoy desorientada.

Magali

Y ahí estábamos las dos, sentadas en una banca cualquiera, en un día sin fecha, en mis dos días en la vida. Creo que ambas lloramos, pero solo de sus ojos salieron lagrimas que enjugo en un acto desesperado por volver a ser fuerte, a seguir adelante, aunque las dos pensamos lo mismo: “pinche vida, tan complicada, ojala fuera más fácil, o supiéramos para que sirve cada cosa”. Nuestros problemas no se comparan, porque además estoy viviendo un estado de “limbo” que no me permite pensar, sin embargo, nos une lo mismo: el amor a la vida y el odio al vicio que es vivir. Quisiéramos perdernos en la vanalidad de las rutinas, y dejar de preguntarnos lo que no se pregunta.

Me duelen las piernas, no quiero caminar, a ella le duelen los pies, la cabeza, las manos… especialmente las manos. No queremos despedirnos, yo no me quiero ir de la ciudad. Tengo angustia, pero la oculto abrazándola, diciéndole cuanto la quiero y prometiéndonos vernos pronto porque de entre todo el sin fin de mundos en el que nos desenvolvemos, seguimos siendo amigas. La extraño.

lunes, 9 de noviembre de 2009

El cabello más largo

Suelo salir huyendo cuando siento que la rutina está por alcanzarme. Quien me conoce bien, sabe que siempre que empiezo con ataques de Feng Shui en mi casa, la crisis comienza y buscaré el cambio. La ropa sin usar se va, los zapatos corren solos, los inmensos papeles que alguna vez guardé se van a la basura y mis libros, esos que se van desacomodando con el tiempo, vuelven a estar ordenados por tamaños, autores, géneros, e incluso por colores.

Luego voy conmigo. Corro al baño, busco unas tijeras y corto de a pedazos mi cabello. Trato de que se vea diferente, aunque sin forma y sin sentido pero diferente. Poco a poco mi cabello se vuelve tan corto que mi cara redonda se ve más grande y claro, más redonda. Si alguien me conoce bien, sabe que mi cabello es corto cuando la crisis está a punto de llegar al clímax y que cuando lo tengo largo es porque estoy cómoda con mi lugar, mi espacio y mi tiempo.

Después llegan los planes académicos, busco cursos, diplomados, o incluso nuevas licenciaturas, me imagino mi vida haciendo algo diferente a lo que estoy haciendo. Finalmente, llegan las peleas, los sinsabores, el hastío, las reclamaciones, las miradas tristes, los berrinches descomunales y luego, la calma en su dialética extraña.

Voy llegando a Puebla, en 5 años he tenido al menos 5 mudanzas, prometimos no mudarnos al menos en 2 años. No iré a ningún lado, aunque mentalmente ya lo estoy planeando. Suelo salir huyendo, aunque sigo esperando tener el cabello más largo.

El alcohol

No me llevo bien con el alcohol. Ni siquiera cuando se trata de alcohol para desinfectar una herida, siempre salgo corriendo y pueden pasar días enteros sin que salga de ese lugar si hay una herida que esté a punto de infectarse y el alcohol aceche. Le tengo miedo. Ja.

Mis papás no toman, son aburridos y cuando yo tenía 11 años tomé mi primera cerveza, me dio asco. No le vi sentido. Es más, mi mejor amiga a la que le encanta la cerveza, hasta la fecha sigue pidiéndome que me emborrache con ella. No lo hago porque si no, nadie la cuidaría en sus desvaríos.

Supe que era enemiga del alcohol cuando después de un vaso de vodka me hice novia del hombre más estúpido que he conocido en toda mi vida. Y lo confirmé cuando con una cerveza le pedí un autógrafo a mi mejor amigo haciendo el típico “te quiero muchoooooooooooooo…”

Después, me tomé una cerveza con una compañera de trabajo, poco después llegó él y como si no lo hubiera visto en años, le grité: “Te amooo un chingooooooooo” dos segundos después, me caí. Volví a caerme después de tomarme dos cervezas con otros compañeros de trabajo, él llegó por mí y al saludarlo me caí enfrente de todos los “viene viene”.

La última vez fui a “Tierra de vinos” para tratar de revivir la pasión escondida en la rutina de vivir juntos por más de 3 años. Nos ofrecieron una “copita” de vino espumoso y antes del plato principal estaba arrastrándome por la mesa para hablar quedito y nadie lo notara, claro, todos lo notaron. Dos semanas después supe de mi hipotensión.