miércoles, 18 de agosto de 2010

Muriendo de a poco

¿Por qué lamentamos la muerte?

¿Acaso es el hecho de reconocer que andamos por el mundo perdiendo el tiempo?

Quizá se trate del simple egoísmo de ver partir a la gente que nos enriquece, nos ayuda a crecer, a encabronarnos, a morir y nacer todos los días. Quizá seamos el miedo que no sabe responder a lo desconocido.

Quién sabe, a mí la muerte me seduce y me llama, y yo la repelo y le huyo, y luego le beso y luego vomito. A veces la veo frente a mis ojos y se me va y otras, la descarada busca entrar por el viento de las madrugadas y yo cierro la ventana para no verme morir a punto del amanecer.

Quiero morir en lunes, antes de la media noche, en la última hora, para no anhelar las otras veintitrés, para no envidiar a quienes se quedan, para estar descansada del fin de semana, para oler el aroma de su piel, para sentirle entre las piernas, y logre llevarme al infinito corporal, después los dos nos dormiremos, él despertará mañana, yo me quedaré intacta, siendo su último orgasmo, y el primer pensamiento.

Quiero morir antes de que ella me vea, que entienda que los finales son oscuros pero los inicios siempre traen luz. Morir y perderme de las contrariedades, del odio, de la hipocresía, del amor, de la ternura, de lo sublime. De estar viva.

Morir y saber que no importa quien lo lamente, o ver al muerto desvanecerse en los recuerdos, es tanto como morir tantito todos los días y sí, seguimos perdiendo el tiempo.

viernes, 23 de julio de 2010

Lagunas Mentales

Ahora que me he vuelto a establecer en la Laguna, junto a mis amigos y camaradas compañeros y compañeras de la Barra Nacional de Promotores Culturales 3d2 A.C, estamos realizando un pequeño esfuerzo, no así, con hartas ganas, de hacer promoción y difusión de lo que pasa culturalmente en la comarca lagunera y en el norte del país, así que, creamos la sección de Lagunas Mentales, donde cada quince días estaremos presentando alguna reseña, reportaje, entrevista con artistas de la región norte. :)

Además, subiré bimestralmente, las entrevistas que hago para la publicación impresa de 3d2, el FANZINE 3D2 :)

Mientras tanto, pásenle a lo barrido al blog de Lagunas Mentales, donde estaré enlazando cada una de las publicaciones que se hace desde la página de los compas de 3d2 A.C

Mi efímero paso por la opinión

Incursioné como aprendiz de columnista en sdpnoticias.com por invitación de Federico Arreola, ante una opinión que le mandé sobre la trampa y la traición de las y los mexicanos. Gran experiencia, especialmente, porque ahí descubrí que, no sé si estoy hecha para ser columnista, ni si ese tipo de ideas que tuve en dichas columnas valgan la pena escribirse.

Estoy pensando en regresar a las andadas, con un ritmo más lento y con columnas de mayor contenido, valdría decir que más bien, deseo meterme en la onda reportaje subjetivo, si eso puede existir y ser perdonado por quienes lo lean.

También dejo el enlace de la página donde pueden encontrar lo que escribí, y con la promesa de regresar mucho más profesional.

Cadáver exquisito

Tuve el honor de compartir por un semestre mis primeros trabajos de escritura con el grupo de SOGEM PUEBLA el año pasado.

En el grupo encontré a personas maravillosas, grandes amistades, grandes escritores en potencia, poetas consumados, y cuentistas.

Tuve además, la oportunidad de conocer a dos que tres profesores que me ayudaron a tener una visión más clara de lo que NO debía hacer si deseo ser escritora, y a otros y otras que me dieron grandes lecciones de vida.

Hace un rato, hicimos un cadáver exquisito entre todas y todos los integrantes, también dejo el enlace para que le echen un ojo… :P

Cuando el silencio apremia

Escribo por la necesidad de excomulgar a las buenas costumbres que habitan en mí. Permito entonces, que los demonios disfrazados de mujer, encubriendo culturas masculinas- milenarias, me besen, me toquen, me laman y me lleven al extásis de creer que algo importante he dicho. Todo lo contrario. No he dejado de decir sandeces desde hace un rato ya. ¿quién no?

Apenas un leve voto de silencio que me ha durado una semana, para poder regresar a las raíces, sean las que estas sean, y es que, ¿acaso no es verdad que de nada sirven las palabras cuando se pretenden ser leídas para otras y otros? Tengo la necesidad de escribir para mí misma, porque aún no sé quién soy.

Silenciaré mis grandes deseos de opinar por opinar, de decir por decir, de pregonar por pregonar, sin embargo, no firmaré nada, ni me comprometeré ante notarios públicos. Ya vendrá el post, la columna, el poema, o el cuento que me desmientan y se rían de mí por la vulnerabilidad, la egocéntrica humildad, y el desparpajo de seguir aventurándome a arrinconar la mente en el muro de lamentos que a nadie le importan, porque, finalmente, ¿Qué importan mis angustias, mis penas, mis fracasos ante una realidad que me avallasa y me deprime? ¡Qué círculo tan vicioso… que manera de perder mis segundos, que contradictoria, que falaz!

Busco que el silencio apremie, pero las buenas costumbres me acechan y necesito exorcizarlas.

martes, 11 de mayo de 2010

Ciega de ti

Te busco,
en cada rincón de archivos PDF,
en disquetes viejos de 3.5,
en archivos semi borrados de mi memoria.

A veces,
tengo la necesidad de verte,
aunque esté ciega de ti.
Intento reencontrarte
en las palabras religiosas,
los proyectos ecológicos,
los desvaríos políticos.
Tu racionalidad espiritual siempre me ha hecho daño.

Pero así eres,
Así te conocí
y así decidí entregarte mi vida.

Es cierto,
mientras te la doy,
te la he quitado a cada instante.
Primero,
aquel novio primerizo,
después,
ese que embriagaba juventudes,
luego,
una lista insabora
que ahora mismo no recuerdo.

Me daba a ti,
te entregaba los sueños húmedos,
las caricias adolescentes,
los primeros orgasmos.

Tú,
leías mentiras,
dabas consejos de “mejor amigo”
y comenzabas a vivir la vida misma.
Pero me daba,
quizá nunca te lo dije,
y ahora ni siquiera valga la pena escribirlo.
Era tuya,
siempre tuya.

Ahora,
te esfumas entre las sombras de un recuerdo
que se perfila en una historia inventada
por las soledades,
las heridas,
o la inmensa imaginación
que a veces me atormenta.

Sé de tus labios besándola a ella,
sé de tu pasividad,
por eso te busco,
por la necesidad de dibujar
fantasías latinoamericanas.

Aunque quizá no sea cierto,
Sigo ciega de ti
Y tal vez abra los ojos
y vea a un don nadie,
con cabello rizado,
ojeras marcadas,
piel blanca y curtida,
y la sonrisa enternecida
por la nobleza de tu alma.

A lo mejor
y encuentro que tu aroma huele a sur,
que tu voz es ruda,
que tu rutina me empalaga.

Pero estoy ciega,
y ciega te busco a tientas,
entre una pantalla
y la nada.

jueves, 8 de abril de 2010

El dolor sabe a sal

A veces me provoco las nauseas, la mejor manera y la más efectiva es sin duda, oler mi excremento. Lo hago seguido, me siento en el retrete, miro a la pared de enfrente y mientras defeco, me concentro en el olor que emana de mi ano. Es realmente asqueroso, por ende, mientras más lo huelo me doy cuenta de que todo lo que puede salir de mí es oloroso, putrefacto e inservible. Y entonces, vomito, vomito ácidos gástricos, -pues es evidente que la comida salió por otro lado- y me lastimo el pecho mientras me recargo en el mismo retrete donde mi caca y mis líquidos gastrointestinales me enseñan mi esencia. Eso es lo que soy, lo demás es parafernalia que hemos venido adquiriendo sin siquiera pedirlo. ¿Acaso no es cierto? Ni siquiera pedí ser mujer, ni crecer en la familia donde nací, nada de las cosas que realmente me importan han sido mi decisión, y claro, mis decisiones se limitan a las circunstancias de una sociedad de la que tampoco estoy conforme, aunque para ser honesta tampoco es que vaya en su contra, es inútil, no voy a morir de pie, porque nadie lo hace, todos caemos, nuestro cuerpo se rige por las leyes de la gravedad y nuestra mente es una cosa sobrevalorada justamente porque nadie la entiende, es como los escritores que nadie comprende, o los pintores que causan repulsión, se les sobrevalora, se les erige un culto y entonces, nadie pregunta nada más, da por hecho que sirven para algo. Así es la mente, y pueden refutarme, el problema es que no tenemos los argumentos necesarios. Sería, sin duda, una conversación ociosa. Si la acompañamos con un poco de mariguana quizá sería mejor. Pero no puedo fumar mariguana, he dejado de ser una niña a la que los jóvenes le venden un poco de hierba para ligársela. Mi cuerpo no miente, mi edad se nota en mi piel, en mis ojos, en mis huesos. Por más que deseemos ocultar nuestra existencia, ahí está, aunque huyas de todos los espejos del mundo.

A veces también lloro, siento como mi boca se desfigura en un acto mecánico del que no soy dueña, y mi pecho se hunde y se hincha porque mis pulmones piden oxigeno mientras de mi nariz, sale un moco transparente que se resbala entre mis labios. Lagrimas y mocos se entrecruzan en mis labios y la sal de mi propio cuerpo se impregna dentro de mí. Soy egoísta, prefiero beberme, lamerme o chuparme a dejar que mi dolor no sepa a nada. El dolor sabe a sal.

Cotidianamente me enojo. Cualquier cosa es buena: descabezados, malos orgasmos, mi pareja durmiendo mientras veo televisión a las tres de la mañana, el perro del vecino, las putas mujeres operadas que se atreven a exhibir sus inseguridades y son capaces de hacerme sentir gorda, chaparra y fea, cuando debería de estar riéndome de ellas, los productos de venta por televisión que me asombran por el simple hecho de que alguien se atreve a venderlos, mi madre y sus problemas psiquiátricos, mi padre y su machismo pisoteado y su mediocridad mezquina, mi hermano y su mujer escenificando cada capítulo de series televisivas, mis sueños infantiles y la terrible flojera de realizarlos porque sé que no servirán de nada, que no ayudarán en nada y que no se convertirán en nada, porque nada son y la nada no existe. Todo es posible, cualquier cosa puede hacer que de pronto un calor se apodere de mi estómago y me haga vociferar todo el resentimiento que tengo hacia mí misma y que maquillo de errores en los demás. Soy buena en ello, suelo tener la habilidad de decir crueldades y de echarle la culpa a los demás de mis malas decisiones, porque vaya, he de confesarlo, no tomo decisiones y cuando lo hago, las tomo mal. Y no es que sea pendeja, es que soy humana, y me la paso peleándome con la vida, porque cada segundo, cada minuto y hora del día me dice que se está yendo, que cada día falta menos, que mi existencia está contada y que por más que escriba letras, emita sonidos, me mueva todos los días como un ser humano normal para olvidarme de mi sentencia, ahí está, extinguiéndose en el eterno ciclo de la vida, al cual no le importo de más, porque a veces lloro, defeco, vomito y me enojo, como todos los demás.

jueves, 11 de marzo de 2010

Quisiera volver a nacer

Quisiera decir algo pero cuando pienso que tengo una idea nueva, descubro que ya todos lo han dicho y soy el eco de la mujer muerta que se creyó original. A veces, quisiera ser ella, o aquella pero siempre término siendo yo; es como la condena de quien no hace huelga de hambre porque sabe que se lo merece todo y que quebrantaría mil veces la ley para llegar al lugar de donde quiere escapar. Soy contradictoria, ¿Quién no?

Quisiera romper el silencio y escupir en muchas caras todas las mentiras que mi mente considera verdades inquebrantables, pero soy cobarde, tan cobarde que me refugio en las letras y exorcizo los demonios que debieron de haberse ido en la niñez. De nuevo, soy la eterna repetición de la inconformidad, nada nuevo.

Quisiera salir corriendo y romperte la ropa, comerte los labios, la piel, el pene, el cabello y digerirte hasta hacerte mío y deshacer toda tu individualidad. Me doy asco pero es cierto, además, el asco a veces me es excitante.

Quisiera quedarme quieta, ser un vegetal y ser partida en mil pedazos para ser cocinada en tus alimentos, pasar por tu garganta y desgarrarla hasta dejarte mudo, perforar tu estómago y generarte diarrea… ser expulsada de ti como lo que soy, como lo que fui o lo que seré. Me iré junto a la mierda.

Quisiera dejar de querer lo que sea, y comenzar a vivir una vida, no la tuya, ni la mía. Una vida verdadera, donde los deseos se vuelven promesas y las promesas utopías, y avanzar por el universo hasta llegar a la nada, siempre a la nada.

Quisiera estar muerta y reconocerte allá arriba, o abajo, o en medio… ser todo y ser absoluta para después entrar en el remolino de un espermatozoide que lucha por sobrevivir en el huevo pegajoso de la vida, y volver a nacer.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Incógnita número dos

Te beso y tu sabor me parece conocido, como si no fuera la primera vez. Te atraigo hacia mí, y encimo tu cuerpo sobre el mío, quiero sentirte por completo. No quiero, sí quiero, no quiero, y mientras tanto, te beso con la pasión del alcohol en la sangre y las ganas de experimentarte justo ahora, donde el tiempo se suspende y me vuelvo yo.

Tus manos aprisionan mi cuerpo mientras las mías te despojan de tu camisa, tú, te dejas llevar, como si de mí dependiera todo, como si fueras Pilatos en pleno siglo XXI en el microcosmos de la culpa ausente y el deseo desbordado. Sin embargo, no es cierto, tú llevas el ritmo, me recuestas, me tocas los senos, me quitas la blusa y devoras mi cuerpo con la sabiduría de que el tiempo apremia y el ensueño es relativo. El calor me invade, intento quitarte el cinturón mientras tú sigues besándome. Sabes a mí, a ti, a lo desconocido que se torna atemporal pero certero.

Cierro los ojos porque la sensatez quiere emerger, pero tú no la dejas, vuelves a atacar con los movimientos precisos, con el beso profundo, con la caricia perfecta: eres la mezcla de la ternura y la pasión de quien ha vivido más que yo. Se te nota a leguas. Tus manos son imanes que se pegan a mi piel y se adhieren a mis caderas que ya quieren tenerte cerca. Entras con facilidad, y puedo sentir como me llenas por dentro…. Pierdo la conciencia, y con la levedad que se necesita, imprimes tu nombre en mi vientre. Despierto y tu abrazo dulcifica la despedida. Te guardo en la memoria.

Antisocial

Te miran pero actúan como si no estuvieras ahí. Caminan, avanzan delante tuyo y a veces hasta te traen en su boca, aunque solo seas un número más, del turno de la tarde, de la mañana, o de la noche. Poco les importa tu vida, pronto te olvidaran si sales de ésta y si no, serás tema de conversación dependiendo tu partida. No te creas que pensarán en ti tanto, una o dos veces, porque siempre llegara aquel o aquella que haga algo más impactante que lo que haces ahora tú. Porque en realidad ¿Qué haces? Miras al techo, y piensas en todo: tu hija, él… aquel, hasta tu madre aparece, -siempre tu madre, como ancla del pasado que no te deja respirar con la libertad que anhelas- sientes la aguja que cruza tu piel y suministra el suero que entre tu paranoia parece inyectarte grandes dosis de ansiedad y veneno alópata que tanto odias.

Detestas los hospitales, te recuerdan a ese que te robaba el sueño y la tranquilidad, las horas de angustia, de espera, de un tiempo suspendido entre el dolor y la felicidad, entre la víctima y la heroína que aplastaban cada que deseabas pensar por cuenta propia. Hoy es diferente, te lo sabes, y lo recuerdas para que las horas, -apenas dos o tres a lo mucho- te sean más leves, menos densas y tratas de concentrarte en ella, en él, aquel, lo que sea.

Te culpas, aunque no sabes a ciencia cierta porque, no quieres hacerlo, ¿Para qué? Sin embargo lo haces: no tomaste las medidas necesarias, no desayunaste todos los días, ni comiste a tus horas, muchas veces se te olvidaba cenar, te has ido sin avisar, lo miras cuando se va y sabes que ya están lejos, que solo falta tiempo, que esperan el temblor, o el derumbe… da lo mismo, quizá nada, porque probablemente se te pare el corazón antes de tiempo, o se te acelere y un día te vayas con ella sin avisar a donde. Lo deseas para tus adentros, aunque tus pies siguen caminando con plomo y no hay tiempo para soñar, no ahora, quizá después, cuando el cuerpo lo domines, y la mente pueda sentirse libre, de él, de aquel, de ella… de ti. Siempre has sido tu enemiga, lo sabes bien.

Te llevan a casa, apagas el celular, -siempre precavida- y te duermes a su lado, te despides de ella con ternura y cierras los ojos para no pensar. Aún te duele el brazo, porque no te nombran, no les interesas pero te dejan una marca en la piel que mañana desaparecerá mientras tú caminas por inercia por los ritos sociales a los que rehúyes porque ya no se te antoja ser tan social, aunque de ello dependa parte de tu vida.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Hilar ideas

Bien lo dice Guillermo Vega, leer o escribir, -sobre todo escribir- es para mucha gente perder el tiempo. Sin embargo, yo veo que conforme los medios electrónicos de comunicación se van masificando, cada vez hay más vatos y vatas que se atreven a opinar, a decir, a expresar. Entrar a los blogs es tener un orgasmo intelectual, -que no es lo mismo que intelectualoide-.

A veces, cuando no quiero trabajar, sino navegar, -más no pendejear- me voy a google y escribo alguna frase que parece sin sentido y me voy a ver los resultados.

Increíble. Me encanta la mente humana y su habilidad de reproducirse como ratas o cucarachas, por más que las mentes chiquitas quieran ocultarlas, siempre se abre su propio camino a la vida (imaginemos la flor silvestre que se abre paso entre las piedras).Me encuentro de todo, y para ser honesta, poco me atrapa, así que, voy depurando párrafos y luego, regreso a trabajar, sino, pus no como (dícese del verbo comer, no del de preguntar).

Lo que me parece harto chistoso, es que, en este afán de pertenecer a algo, -tal como lo dice Zaid en su ensayo sobre La Poesía en Movimiento-, poco a poco nos vamos descubriendo la cara y nos preguntamos: ¿Tú también? Los mitos de la genialidad se acaban y terminamos entendiendo que todo se trata de círculos sociales.

Lo he hablado con Socko, con las dos “Lis” y mi Solecito adorada, además de que, o nos metemos a estudiar estilismo por la insistencia de los volanteros en la 3 Norte, o conseguimos a un estilista para que nos haga una imagen propia de una escritora y/o escritor, necesitamos, con harta urgencia hacer una sociedad de las y los escritores “zoojenitas” en la que, a lo largo de nuestra vida, -literaria o no- nos premiemos, organicemos congresos, exposiciones de nuestras obras, presentaciones de nuestros libros (o blogs) y le pidamos al Estado un buen presupuesto para varias y diversas becas para sobrevivir de suspirantes a escritores, porque, digámoslo con toda la verdad de las letras, para ser escritor “reconocido” en este país, tenemos varias opciones:

1- Acostarnos entre todos nosotros y debernos el favor del orgasmo para luego debérselo a alguien y siempre tener que estar pagando favores (lo cual no suena tan mala idea, después de todo sería harto placentero).
2- Acercarnos a un Mecenas que nos acompañé en nuestro crecimiento y se vuelva nuestra pareja y nos pague nuestros fallidos escritos (pero laureados por la sociedad de escritores y escritoras creada por nosotros mismos)
3- Ir a todos los cockteles, decir que todos son bien chingones, que somos sus admiradores y pensar que aquel o aquella escritora un día por compasión nos permitirá leerle nuestro trabajo (premiado con anterioridad por nuestra sociedad, es decir, por aval no nos preocupemos)
4- Entrar a concursos y concursos en los que si no ganamos nada, al menos si ganamos estrés y experiencia. (Valido, si además pensamos que podemos generar nuestros propios concursos y premiarnos entre nosotros)
5- Seguir escribiendo, abriendo blogs, referirnos con nuestros amigos y esperar a que el tiempo nos haga crecer sin necesidad de querer entrar a círculos sociales cerrados, donde para entrar hay que ser parte de ellos, aunque ellos también busquen el mismo reconocimiento.

Lo importante aquí, hablando un poco más en serio, es que no dejemos de escribir, de intentar hilar ideas, de expresarnos y de quitarnos esa costumbre de quedarnos callados, quizá, al reconocer nuestra voz en la voz de otros y otras, alcemos la voz, y sirva de algo, que de algos, está tan necesitado este país.

Huevitos

Rompimos el cascarón y nos volvimos huevos rancheros... alueguito, nos revolvimos, para terminar estrellados.

Nimodo, no digo ni pío.

Contradicción

Te digo que el tiempo cura todas las heridas y que aquellas que son viejas, nos laceraran con el tiempo el estómago, el colón y la vida pero que no serán heridas mortales, porque la mortalidad nos llegará tarde o temprano, contigo o sin mí, o viceversa, o a la inversa, da igual.

Reniegas, te callas, mueves la cabeza, me miras. Silencio. Todo se ha vuelto silencio. Nos hemos acostumbrado a la dulce inercia de no decir nada y fingir que nada pasa, porque así pasa menos. Es dulce, aunque genera punzadas que se vuelven enojos y los enojos indiferencia.

Te digo que el tiempo no cura ni madres, que aun me siguen doliendo la indiferencia paterna, la bruma materna, la hostilidad de mi hermano y el refugio casi equívoco de mi hermana. No sé que estoy diciendo, quiero matar el silencio, odio el silencio. Me miras esperando que en mi monólogo me conteste a mí misma y puedas olvidarte de la respuesta. Lo olvido. No sé de qué estamos hablando. Sigo creyendo que no quepo en tu estructura. Tú no concibes la mía.

Me buscas, acaricias mi cintura, aprietas mi cuerpo contra el tuyo y yo no siento nada. Te desesperas. Te arremolinas entre mi pecho, succionas un seno, acaricias el otro. Cierro mis ojos. Pronto nos perdemos en la vorágine de estar y no estar. De odiarnos y de querer rescatar lo que alguna vez hubo. Terminas dentro de mí, mis uñas te han dejado marcas en tu espalda y tu tímpano ha quedado inservible. Pronto nos quedamos dormidos. Tú en tu lado, yo en el mío, como dos desconocidos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

No pido más

No viviré bajo tu estructura. No seré la neurótica de mi madre, ni lo taciturna que suele ser la tuya. No fingiré que esta vida me complace, te exijo más, me pido más, la eterna insatisfacción humana.

No seré la abnegación que funda familias o instituciones, ni la ejecutiva que olvida ser ella por querer ser un hombre. Este es mi feminismo. No pido más.

Certeza número dos

Me tomas de la mano buscando aquella simpatía que guardaba solo para ti. Te evado la mirada. La buscas, insistes, desgarras, lástimas, laceras y yo, bajo la cabeza pensando en el futuro.

Quiero cerrar los ojos, y a la vez, mirarte bien, te me escapas. Doy la vuelta, sonrío. Te abrazo, quiero pedirte perdón por caminar sin ti, por pensar en mí, por querer ser libre pero, las palabras se atragantan, se me anudan en las cuerdas vocales, se me incrustan en el estómago… me quedo callada. Me sonríes, me tomas de la mano, acaricias mi mejilla, me repites que me amas y yo te creo, no sé si yo te amo. Tú haces como que no oyes. Me tomas de la mano, me invitas a tu vida, se te olvida que la conozco, pero, hago el intento, y seguimos sentados, tomados de la mano, aferrados al presente.

Certeza número uno

Te miro y no puedo dejar de mirarme en tí.

Te he cambiado el corte de cabello, la forma de vestir, tu dieta y la comida orgánica y macrobiótica son tus platillos predilectos. Has dejado la ropa de marca, y de vez en cuando, te ocultas en el jardín a fumarte un puro. Te pruebo y desapruebo tu osadía. Te sientes vencido.

Te escucho y reconozco en tí las revistas que dejo en el estudio, los libros que crítico y las películas que me aburren. Poco hablas, porque con alguien como yo, mucho oyes, mucho aguantas, y poco entiendes. Pero poco te importa, porque entonces, te encimas a mi cuerpo, me buscas, me besas, me penetras, y a tu manera, -nuestra manera- me amas. Eso dices.

No te reconozco, cada vez sé menos de tí.

lunes, 16 de noviembre de 2009

Incógnita número uno

Te pregunto si tienes algún tatuaje. Sonríes y me dices que lo tengo que descubrir yo. La verdad no quiero, acercarme a tu cuerpo significa perderme en él. Entonces, te pregunto sobre los libros mal acomodados, la música que sale al aire de tu computadora, y hasta del frío que me hace titiritar.

Me incomoda de buena manera tu mirada, de vez en cuando la evado, no sé qué hacer porque además no quiero hacer nada aunque nuestros cuerpos estén cada vez más cerca. Busco la coherencia mental ante tu sonrisa que me deshace y sin dudarlo me acerco a tu boca con la sensación de estar vencida y empoderada. Lo demás, es historia. Historia que no sé si me dejara marcada con un tatuaje que lleve tu nombre.

La inspiración

Hace unos días leí que Joaquín Sabina había declarado a la prensa española que como estaba inmensamente feliz, se le había ido la inspiración (o algo por el estilo) y yo pensaba en que, seguro yo era muy afortunada, porque aunque me sentía feliz estaba siendo productiva en la SOGEM, vaya, nada para publicar pero, si que hace trabajar la mente.

He estado inmersa los últimos meses en diversos cambios a los que no estoy acostumbrada: el cambio de ciudad, el cambio de actitud hacia mi madre, el cambio de actitud hacia las relaciones amistosas, el enclaustramiento entre las letras, los libros y el entusiasmo en ser buena alumna. También comencé a creer que la rutina que él y yo estábamos replanteando era buena, vaya, no es fácil convivir las 24 horas con alguien y con él era demasiado fácil, fluido y bastante cómodo. De repente sentí que estaba siendo codependiente y no me gustó. Quizá fue eso. Aunque no lo sé de cierto. Busqué mirar otras cosas donde pudiera vivir sin él.

Entonces, la debacle vino… comenzaron a olvidárseme las cosas, dejó de entusiasmarme el jugar a la casita, me recluí entre la pantalla y la apatía y aunque físicamente estaba presente, mi mente estaba lejos. Las emociones emergieron abruptamente.

Yo no sé si la inspiración haya regresado a mí, lo que sí tengo seguro es que, todo el tiempo estoy pensando cosas, escribiendo viñetas mentales, imaginando espacios y lugares, frases y abrazos, momentos y canciones, poemas y tristezas. Todo en mi mente. Mientras tanto, la vida se me pasa, la voz de mi hija de repente me llama y ante todos, me consuelo diciendo que es porque él está lejos. Mañana regresa, y entonces, aunque no queramos, regresaremos a un estado en el que nos veremos poco, nos hablaremos mucho, nos diremos proyectos y planes y yo no sé si podré estar aquí con él con la entereza que se requiere, porque he dejado de ser feliz y me ha llegado la inspiración.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Estoy desorientada

Ni siquiera la llamada a la una de la mañana a Tania me lo impidió. Entré en un estado de inconsciencia del que no puedo librarme. No sé con exactitud que me pasa, es como si todo me importara menos o como si me importara de más, pero debo de ser más clara: como si hubiera vivido en un atolondramiento de emociones y ahora, como si hubiese sido yo una olla express las emociones salen disparadas, los actos se vuelven revolucionarios y me dejan a mí deshecha.

Le llamé a Tania porque la conozco desde los 7 años, porque su frase preferida para dirigirse a mí era: “No sales de una cuando ya entras en otra” y porque necesitaba que me recordara que todo estaba bien. Lo hizo, muy a su manera, de pronto mis preocupaciones aquella noche eran menores y la conciencia, la moral, el “deber ser” se apoderaron de mí. Me dormí más tranquila.

Pero, como si un motor interno tuviera descompuesto el freno de mano, me he dejado ir, como se dice literalmente, de boca. ¿A dónde voy y por qué me dirijo en esa dirección? No lo sé. ¿Por qué lo hago ahora y no en otras circunstancias? Tampoco lo sé. Es como si hubiera probado una droga y me estuviera volviendo viciosa. Este estado de inconsciencia donde el tiempo pasa sin que me de cuenta y se hace más denso entre mis pensamientos, me esta volviendo loca. Estoy desorientada.

Magali

Y ahí estábamos las dos, sentadas en una banca cualquiera, en un día sin fecha, en mis dos días en la vida. Creo que ambas lloramos, pero solo de sus ojos salieron lagrimas que enjugo en un acto desesperado por volver a ser fuerte, a seguir adelante, aunque las dos pensamos lo mismo: “pinche vida, tan complicada, ojala fuera más fácil, o supiéramos para que sirve cada cosa”. Nuestros problemas no se comparan, porque además estoy viviendo un estado de “limbo” que no me permite pensar, sin embargo, nos une lo mismo: el amor a la vida y el odio al vicio que es vivir. Quisiéramos perdernos en la vanalidad de las rutinas, y dejar de preguntarnos lo que no se pregunta.

Me duelen las piernas, no quiero caminar, a ella le duelen los pies, la cabeza, las manos… especialmente las manos. No queremos despedirnos, yo no me quiero ir de la ciudad. Tengo angustia, pero la oculto abrazándola, diciéndole cuanto la quiero y prometiéndonos vernos pronto porque de entre todo el sin fin de mundos en el que nos desenvolvemos, seguimos siendo amigas. La extraño.